Silenciosamente, seguí tu consejo velado, y me dispuse a ver aquel drama francés, llorando cuando correspondía llorar, riendo cuando correspondía reír. Se convirtió en mi película favorita. La vi tres veces más durante aquel año. Y en todas las ocasiones pensaba en que en todas ellas podría haber sido algo distinto. Podría haber seguido llorando durante todo el film, identificándome con el protagonista. Podría haber fingido ser el fantasma que le acompaña, y haber volado lejos, etérea, lo suficiente como para que no me alcanzasen tus brazos. Pero me quedé viéndola, mientras la luz de la pantalla iluminaba mis facciones. Porque, sin querer admitirlo, me paralizaba el miedo. Me agarrotaba los músculos, y turbaba mis impulsos que me harían poder decirte que vi ese drama, porque eso implicaría empezar una historia que me da pánico acabar. Y seguí viendo la película.