jueves, 5 de noviembre de 2015

Ojalá no.

¿Sabéis? Todos tenemos un superpoder de mierda. Ese supepoder que más que ayudar, jode tu existencia. Y ¿sabéis otra cosa? Mi superpoder de mierda es decir lo que no debo y malinterpretar lo demás. Como os podéis imaginar, acabo haciendo daño a mucha gente que no debería. Es decir, maldita sea, digo lo que no debo cuando no debo. Mi día va de culo y sin frenos, pues empezar a las cinco de la mañana no le gusta a nadie, pero menos si sabes que vas a ver a una persona que no te gusta en absoluto, y en mi caso es la gran figura de mi padre. Tras esperar tres horas sometida al frío y a la falta de luz, por fin puedo ir al instituto. Después de llegar con una mochila de cinco kilos colgando de mi muy dolorida espalda, tengo que soportar cuatro tortuosas horas luchando contra el sueño y las micronésimas de segundo en las que me puedo permitir dormir. Y si añadimos a todo este desastroso día que mi superpoder de mierda ha hecho acto de presencia... Directamente, destruidme. Hacedme añicos, o algo. Así, al menos, hecha polvo, podré dormir. Y olvidarme de todo un poco.

Todo esto viene para deciros que si tenéis alguien a vuestro lado que evita que os hundáis, protegedlo, con todas vuestras fuerzas, y sed recíprocos. No sabemos cuánto podemos aguantar, ni cuánto puede aguantar el otro, pero todos tenemos un límite. Algunos lloran, como yo, durante horas. Otros se encierran en una burbuja de la que no salen hasta que se aseguran que el veneno que puedan destilar por su boca esté bien guardado con la bilis. Otros supongo que pelearán, ya sea contra sí mismos o contra otros. No lo sé, pues no es mi caso. Pero lo que sí sé es que todos tenemos un límite. Imaginaos que una tela de araña pudiese soportar un elefante (qué telaraña más resistente). La misma telaraña, con el mamotreto enorme que supone el elefante va relativamente bien, pero imagina que añadimos dos. Uf, pero puede, la telaraña resiste. Y añadimos un tercero. Y un cuarto. ...
La telaraña se rompe, se deshilacha y acaba desperdigada, y los elefantes amontonados en el suelo. Todos tenemos nuestra telaraña. A algunos se les romperá cuando lleven puestos tres gatos y un saltamontes, a otros cuando pongas el peso de una hormiga en ella... Dicen que yo aguanto el peso de tres elefantes. Y temo que la mía, con un cuarto elefante, pueda romperse.
Pero llega esa otra persona, que te ayuda con tu telaraña. Te cuida, te mima, te da ánimos para dar un empujón más. Te hace poder seguir adelante. Pero a su vez esa persona también tiene su telaraña. Cuidadle, dadle amor. Quered como nunca.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Daughter.


Fantasmas.

Todo el mundo ha visto la película distrópica que abunda hoy en día en las carteleras donde la protagonista (porque suele ser una chica) se da cuenta de que le lavaron la cabeza, de que lo que vivió no era real, que la habían manipulado para que creyese algo que no es. La vemos apoyarse contra la pared, con los ojos abiertos y la mirada perdida, cayendo lágrimas por sus mejillas. Así me siento yo ahora mismo. He estado tras un velo de ignorancia, he luchado contra esa barrera en unas cuantas ocasiones, como un bebé que golpea sin ningún resultado una cortina. Nunca llega a rasgarla, mucho menos romperla. Luego los tirones empezaron a ser más y más frenéticos, llegando a tirar con uñas y dientes. Y acabas triste y sola llorando con sangre en las manos. Miras al frente, todavía con ese velo, aunque te das cuenta que el luchar contra él te aporta más armas, y hace que se vaya poniendo más claro, vas discerniendo figuras tras él.
El saber nos hace libres, como quien dice. Ahora toca afrontar el cómo, el dónde, el qué pasará luego. El temer hablarlo porque sabes la respuesta. Temer a la cabezonería, al castigo por insubordinación irreal. Temer a tus padres.
Sin embargo, te das cuenta que aunque tus manos sangren y tus ojos lloren, dentro de tu pecho hay una fuerza que te empuja hacia delante. El luchar nos hace más fuertes, nos hace querer avanzar, descubrir cosas nuevas, cambiar. Salir de lo conocido y disfrutar con lo desconocido, sentir lo que es estar lejos de casa, aprender a solucionar las cosas por ti mismo.
Sientes ganas de volar. Es como estar observando el cielo y no poder abrir tus alas y sentir el aire, saber que puedes caer, pero que puedes levantarte. Saber que puedes volar hasta donde quieras, frenarte cuando quieras, decidir dónde vas. Volar libre.