Todo el mundo ha visto la película distrópica que abunda hoy en día en las carteleras donde la protagonista (porque suele ser una chica) se da cuenta de que le lavaron la cabeza, de que lo que vivió no era real, que la habían manipulado para que creyese algo que no es. La vemos apoyarse contra la pared, con los ojos abiertos y la mirada perdida, cayendo lágrimas por sus mejillas. Así me siento yo ahora mismo. He estado tras un velo de ignorancia, he luchado contra esa barrera en unas cuantas ocasiones, como un bebé que golpea sin ningún resultado una cortina. Nunca llega a rasgarla, mucho menos romperla. Luego los tirones empezaron a ser más y más frenéticos, llegando a tirar con uñas y dientes. Y acabas triste y sola llorando con sangre en las manos. Miras al frente, todavía con ese velo, aunque te das cuenta que el luchar contra él te aporta más armas, y hace que se vaya poniendo más claro, vas discerniendo figuras tras él.
El saber nos hace libres, como quien dice. Ahora toca afrontar el cómo, el dónde, el qué pasará luego. El temer hablarlo porque sabes la respuesta. Temer a la cabezonería, al castigo por insubordinación irreal. Temer a tus padres.
Sin embargo, te das cuenta que aunque tus manos sangren y tus ojos lloren, dentro de tu pecho hay una fuerza que te empuja hacia delante. El luchar nos hace más fuertes, nos hace querer avanzar, descubrir cosas nuevas, cambiar. Salir de lo conocido y disfrutar con lo desconocido, sentir lo que es estar lejos de casa, aprender a solucionar las cosas por ti mismo.
Sientes ganas de volar. Es como estar observando el cielo y no poder abrir tus alas y sentir el aire, saber que puedes caer, pero que puedes levantarte. Saber que puedes volar hasta donde quieras, frenarte cuando quieras, decidir dónde vas. Volar libre.
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