Hay varias cosas de mí misma de las que me puedo sentir orgullosa. Y esas cosas no me hacen sentirme pagada de mí misma o especial, simplemente me dan fuerza para seguir adelante. Hace cuatro meses decidí deshacerme de mis cuentas de redes sociales como Facebook o Twitter, ya que ocupaban mi tiempo y no me lo devolvían, por lo que el tiempo que les dedicaba a ellos no se lo daba a otra cosa, como un hobby, mi pareja o el estudio. Al quitarme de esa red, al desengancharme de ella quedé incomunicada de las noticias que corren como la pólvora entre tweet y retweet o publicación y comentario. Tras esa temporada sin información aparente (pues realmente de lo importante me acabo enterando de una forma u otra) vuelvo espasmódicamente, y compruebo con orgullo que me he desapegado de toda la tontería que ronda libremente y sin freno. Si no es uno que critica al otro por ser ignorante creyéndose sabio, es otra que comenta su vida entera como si a alguien le importase lo que hace o deja de hacer la pobre cría. Fotos obscenas y fuera de contexto, risas tontas, macabras o verdes, mensajes sin sentido o con demasiado sentido, pero que no llegan al destinatario que se desea, pues mientras el mensaje tan personal que creías haber mandado de forma indirecta a aquella persona ha sido manoseado por nosecuantas personas en el proceso. Eso no es privacidad, no es intimidad, no es nada. Saber que no pertenezco a esa burbuja en la que están metidos las personas que visitan usualmente la red social y que no se dan cuenta de que es (y con perdón de la expresión) una nube de pedos circulante que simplemente te intoxica y no te deja ver, anulando por completo los receptores de información primordiales del instinto. Nos adormece, nos hace laxos, casi volátiles ante la alarma de la inacción, la vagueza, la risa tonta y los pensamientos petulantes de alguno que simula ser poeta.
Abrid los ojos, quitad de un manotazo aquello que os ciega, os marea y desconcierta.
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